El sida



Las diferentes formas de sida que se extienden por el mundo tienen todas ellas un rasgo en común, que es el rechazo social a la enfermedad. Una organización humanitaria llamada Igat Hope (Tengo esperanza) denunció ayer que en Papúa Nueva Guinea varios afectados fueron enterrados vivos por sus propios familiares, que temían contraer la enfermedad. Lo peor de la noticia no es, sin embargo, el dramático suceso relatado por la ONG, sino el reconocimiento por parte de los indígenas de que las matanzas forman parte de un rito que es práctica habitual en la zona.
Los seis millones de habitantes que pueblan Papúa Nueva Guinea, una tierra situada al norte de Australia, forman el país con la mayor diversidad cultural del planeta y también uno de los más pobres. Las tribus que lo habitan tienen en el sida una de sus principales amenazas sanitarias. La propagación descontrolada del virus ha hecho que el número de infectados creciera un 30% desde 1997, hasta situarse por encima de los 60.000 afectados en el año 2005. Allí, al menos uno de cada cien habitantes vive con la infección. En España, uno de cada 300.
La activista Margaret Marabe, de la organización Igat Hope, fue la encargada de relatar ayer al mundo la desgarradora experiencia de la que fue testigo. Ante sus ojos, cinco personas fueron sepultadas vivas en la región de la Alta Meseta, una de las más aisladas de este país del Pacífico Sur. «Uno de ellos -relató la mujer- murió pidiendo socorro mientras le echaban paladas de tierra encima. Otro de los enfermos -añadió- era uno de mis primos. Les pregunté por qué lo hacían y me respondieron: 'Si les dejamos libres, en nuestra misma casa vamos a contraer la enfermedad y vamos a morir'».
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